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Joventuts Carlistes del País Valencià

El Carlismo visto por Joan Fuster

El Carlismo visto por Joan Fuster

El destacado escritor valenciano en lengua catalana Joan Fuster i Ortells en su conocido ensayo Nosaltres els valencians realizó las siguientes reflexiones sobre el carlismo como histórico movimiento popular del País Valencià:

                                  

El “insurgentismo”, en tanto que manifestación “periférica” de la política española del XIX, debería ser relacionado con otra cuestión: la del soi-disant anticentralismo de los sectores “insurgentes”. No deja de ser curiosa esta coincidencia. Quizá también era inevitable. Enfrentados polémicamente con el Estado jacobino, por una u otras razones, su oposición tenía que reflejarse en una concepción del Estado desde el punto de vista “regional”. Los carlistas hablaron de “fueros”. La vaguedad con que usaron el término “fueros” no desvirtúa nada en absoluto el sentido “descentralizador” que siempre quisieron darle: en tiempos de Carlos VII llegarán a emplear la fórmula “monarquía federal” (…).

Pero, desde otro ángulo, lo importante, en el XIX, no era que el carlismo reivindicase unos “fueros” que sus militantes desconocían, ni que el republicanismo se proclamara “federal” en unos términos lamentablemente indecisos: lo importante era la “insurgencia” que carlismo y republicanismo –y anarquismo, en otro estadio- representaban. La revuelta implicada en su actitud constituía una afirmación “localista” más neta que cualquier declaración de principios. La terminología –“fueros”, “federación” (incluso el anarquismo)- hace pensar en una “autonomía”. De hecho, rebelarse ya era, en sí, una manifestación de “autonomía”. Era la discrepancia radical con el jacobismo: con el Estado unitario –con el Estado-.

Antoni Aparisi i Guijarro (1815-1872) es el máximo definidor valenciano del tradicionalismo. Hombre pacífico y piadoso, de temperamento jurídico, no vaciló en escribir en algún momento: “El que tenga un fusil, que lo limpie, y el que no, que lo compre”. El carlismo, incluso cuando no estaba en pie de guerra, era una insurgencia decidida.

Las guerras y las revueltas que llenan el siglo XIX, con excusas dinásticas o partidistas, toman su combustible más fácil en unas pasiones sociales mal reprimidas y siempre a punto de estallar.

Que los alzamientos carlistas se inflamaron en el seno del malestar rural, parece evidente. (…). El fenómeno es idéntico al de las otras tierras de la Monarquía donde los campesinos –término medio- gozaban de una relativa independencia económica: el País Vasco, el Principado, Aragón. El liberalismo, que encarnaba la otra rama de dinastas, era cosa de ciudad: de la burguesía mercantil, de las clases medias (…). La bandera de don Carlos significaba, para los sectores agrarios, una invitación a la revuelta. La caída de los precios agrícolas que siguió a la guerra napoleónica les empujaba a ello. Los terratenientes que se aprovecharon de la desamortización pronto se decidieron por el bando isabelino, y puesto que al mismo tiempo, afanosos de adinerar sus nuevas propiedades, impusieron a los arrendatarios unas condiciones más duras que las que antes soportaban, contribuyeron así a crear un clima de agitación propicio al carlismo. Los carlistas valencianos hicieron guerra de “partidas”, con capitostes rudimentarios e indisciplinados. Sólo Cabrera, a fuerza de prestigio y de mano dura, consiguió establecer un poco de orden. En el fondo era una especie de “germanía” más, anárquica y feroz. El pueblo rural se desfogaba. Y quizá no aspiraba a más.

El campo valenciano era carlista; pero más las zonas interiores, del secano, que las del regadío litoral. En éstas las condiciones de vida de los labriegos no eran tan negras, y, por consiguiente, el aventurismo de la “partida” no resultaba tan sugestivo como en aquéllas. Pero había carlistas, en armas o complicidad, en la mayoría de las comarcas (…).

Aún a finales del Ochocientos es una de las dos fuerzas políticas populares del País Valenciano –la otra es el republicanismo-: pero cada vez tendrá menos raíces y menos futuro. El campesinado católico hallaba en el carlismo su oportunidad protestataria. Cuando las cosas le van bien y ya no siente tanta necesidad de protestar, lo abandonará o lo profesará sin arriesgar nada. Los pequeños propietarios rurales (…) al llegar la segunda decena del XX, se desentienden del carlismo que habían alimentado. Articulan entonces un nuevo partido de derecha, tímidamente demócrata-cristiano, guiado por ex-carlistas como Manuel Simó y Lluís Lúcia (…) que acabara titulándose Derecha Regional Valenciana.

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